Skip to main content
Category

El chef de La Grosella

El día que una receta sale mal

El día que una receta sale mal

By El chef de La Grosella

El día que una receta sale mal

Hay algo que probablemente nunca escucharás decir a un cocinero:

“A mí siempre me sale todo bien.”

Y si lo escuchas…

Desconfía. 😂

Porque hay días en los que una salsa no liga.

Un arroz decide beberse todo el caldo.

Una carne que ayer necesitaba cuarenta minutos hoy parece necesitar una vida entera.

O pruebas una cazuela, miras al cocinero que tienes al lado y los dos sabéis perfectamente lo que significa ese silencio.

Esto no está como tiene que estar.

Bienvenido a una cocina de verdad.


Las recetas no saben qué día es hoy

Sobre el papel todo parece bastante sencillo.

200 gramos de esto.

30 minutos de aquello.

180 grados.

Remover.

Reposar.

Servir.

Pero los ingredientes tienen la desagradable costumbre de no haber leído la receta.

Una patata no contiene exactamente la misma cantidad de agua que otra.

Un tomate puede llegar más dulce o más ácido.

Una pieza de carne puede comportarse de manera diferente aunque proceda del mismo corte.

Incluso una harina puede hacerte descubrir que hoy tiene otros planes para ti.

Y ahí empieza realmente el trabajo del cocinero.

Porque seguir una receta es importante.

Saber qué hacer cuando la receta deja de funcionar lo es todavía más.


Cocinar también consiste en decir: esto no sale

En La Grosella cocinamos cientos de platos cada día.

Eso significa trabajar con recetas, procedimientos, cantidades, temperaturas y tiempos muy definidos.

La organización es imprescindible.

Pero hay una norma todavía más sencilla:

si no está bien, no está bien.

Da igual que la ficha diga que debería estar terminado.

Hay que probarlo.

Mirarlo.

Olerlo.

Y decidir.

A veces basta con corregir el punto de sal.

Otras, una salsa necesita reducir un poco más.

Quizá un guiso pide otros diez minutos.

Y alguna vez ocurre lo que ningún cocinero quiere escuchar:

hay que volver a hacerlo.

Fastidia.

Claro que fastidia.

Sobre todo cuando el reloj corre y tienes cientos de pedidos esperando.

Pero fastidia bastante más enviar algo que sabes que no debería salir de tu cocina.


El error no es el problema

Después de muchos años cocinando he aprendido una cosa:

equivocarse no convierte a nadie en mal profesional.

No darse cuenta sí puede convertirse en un problema.

En una cocina trabajamos con personas, producto, maquinaria, temperaturas y cientos de pequeñas decisiones.

Pretender que nunca ocurra nada sería engañarnos.

Por eso existen los controles.

Y por eso seguimos haciendo algo tan poco tecnológico como coger una cuchara y probar.

Porque entre una receta y un cliente siempre tiene que haber alguien dispuesto a decir:

“Espera. Esto todavía no.”


Hay platos que nos han enseñado más que otros

Curiosamente, muchas de las cosas que mejor aprende un cocinero no las aprende cuando todo sale perfecto.

Las aprende cuando algo sale mal.

Cuando una salsa se corta y descubre cómo recuperarla.

Cuando una carne queda seca y entiende por qué.

Cuando un guiso no tiene la textura que buscaba y al día siguiente cambia el procedimiento.

La experiencia no consiste en acumular años delante de unos fogones.

Consiste en recordar lo que te enseñaron esos años.

Y también esas cazuelas puñeteras. 😂


Mañana volveremos a cocinarlo

Quizá esa sea una de las cosas que más me gustan de este oficio.

Cada mañana empieza prácticamente desde cero.

Las cazuelas vuelven al fuego.

Llegan nuevos ingredientes.

Se preparan nuevos pedidos.

Y tienes otra oportunidad para hacerlo mejor.

En La Grosella no buscamos una cocina perfecta.

Buscamos algo bastante más real:

una cocina que presta atención.

Que prueba.

Que corrige.

Que aprende.

Y que cuando algo no está como debería, tiene la suficiente responsabilidad para parar y solucionarlo.

Porque detrás de cada envase que sale de nuestra cocina hay alguien que ha confiado en nosotros para su comida de ese día.

Y esa persona no tiene por qué saber si una salsa nos dio guerra.

Si hubo que repetir una elaboración.

O si una cazuela decidió complicarnos la mañana.

De hecho, si hacemos bien nuestro trabajo…

nunca llegará a enterarse.

Y probablemente ahí esté la mejor manera de gestionar un error:

aprender de él,

solucionarlo,

y conseguir que nunca llegue al plato.


Nos vemos el mes que viene entre fogones.

— El Chef de La Grosella 👨🏻‍🍳

Capítulo 4 · El Cuaderno del Chef

El plato que nadie ve

El plato que nadie ve

By El chef de La Grosella

El plato que nadie ve

Hay una parte de cada plato que nunca llega a la mesa.

No se come.

No huele.

No aparece en ninguna fotografía.

Y, sin embargo, probablemente sea tan importante como la propia receta.

Es todo lo que ocurre antes.

Cuando alguien recibe uno de nuestros menús, ve algo bastante sencillo: su primer plato, su segundo, una guarnición, el postre…

Abre el envase, calienta la comida y come.

Eso es exactamente lo que queremos.

Que sea fácil.

Lo curioso es que, para conseguir que sea así de fácil para quien está al otro lado, detrás tiene que ocurrir todo lo contrario.

Hay que organizar.

Comprar.

Recibir mercancía.

Revisarla.

Preparar.

Cocinar.

Probar.

Abatir.

Envasar.

Termosellar.

Etiquetar.

Preparar pedidos.

Comprobarlos.

Organizar rutas.

Y conseguir que, después de todo ese pequeño caos perfectamente organizado, cada menú termine delante de la persona correcta.

Y al día siguiente…

Volvemos a empezar.


Cocinar para muchos cambia las reglas

Preparar una comida para cuatro personas y cocinar cientos de platos cada día tienen algo en común:

la comida tiene que estar buena.

Pero casi todo lo demás cambia.

En La Grosella podemos preparar alrededor de 500 o 600 menús en una jornada.

Y cuando trabajas con esas cantidades descubres rápidamente una cosa:

la organización también es un ingrediente.

Puedes tener una receta estupenda.

Puedes comprar un producto magnífico.

Puedes tener buenos cocineros.

Pero si detrás no existe un sistema capaz de coordinar todo lo que ocurre en una cocina, tarde o temprano algo falla.

Por eso una parte enorme de nuestro trabajo comienza mucho antes de encender los fogones.


Hay un momento que sigue siendo sagrado

Entre procedimientos, controles, temperaturas, etiquetas y pedidos hay algo que hacemos todos los días y que parece sorprendentemente sencillo:

probar la comida.

Una cuchara.

Un pequeño bocado.

Y unos segundos.

¿Está bien de sal?

¿La salsa tiene el punto que buscamos?

¿La carne está tierna?

¿Ese guiso necesita un poco más de tiempo?

Podemos tener recetas perfectamente definidas, pero seguimos creyendo que ninguna ficha técnica sustituye a una persona probando una cazuela.

Porque al final hay alguien que va a comerse aquello.

Y eso cambia completamente la forma de cocinar.


Y después empieza otra cocina

Cuando terminamos de cocinar, nuestro trabajo todavía no ha terminado.

Los platos pasan por un proceso de abatimiento de temperatura, se introducen en sus envases individuales y se termosellan.

Después llegan las etiquetas, los ingredientes, los alérgenos, las comprobaciones y la preparación de cada pedido.

Y aquí comienza una parte del trabajo que probablemente pocos imaginan.

Porque no basta con cocinar 600 menús.

Hay que conseguir que el menú de Antonio llegue a Antonio y el de María llegue a María.

Y si alguien ha pedido algo diferente, también tiene que llegar correctamente.

Por eso existen controles durante la preparación y expedición de los pedidos.

No son la parte más bonita de la cocina.

Probablemente nunca saldrán en Instagram.

Pero son fundamentales.


El éxito también puede ser que nadie se dé cuenta

Hay días en los que terminamos el servicio y pensamos:

«Hoy ha salido todo perfecto.»

Y seguramente ninguno de nuestros clientes se haya dado cuenta.

Curiosamente, esa es una buena noticia.

Significa que el pedido llegó.

Que estaba correcto.

Que la comida estaba como debía estar.

Y que alguien pudo sentarse, abrir su menú y comer tranquilamente.

Sin pensar en todo lo que había ocurrido durante las horas anteriores.

Quizá ese sea uno de los trabajos más curiosos de una cocina como la nuestra.

Trabajar muchísimo para que todo parezca sencillo.

Por eso, la próxima vez que abras uno de nuestros envases, recuerda que dentro no hay solamente una receta.

Hay producto.

Hay cocina.

Hay organización.

Hay controles.

Y, sobre todo, hay un equipo entero trabajando detrás para conseguir algo aparentemente muy sencillo:

que tú solo tengas que preocuparte de disfrutarlo.


Nos vemos el mes que viene entre fogones.

— El Chef de La Grosella 👨🏻‍🍳

Capítulo 3 · El Cuaderno del Chef

La receta que nunca encontrarás escrita

La receta que nunca encontrarás escrita

By El chef de La Grosella

La receta que nunca encontrarás escrita

Hay algo curioso que ocurre cuando alguien te pide una receta.

Quiere cantidades exactas.

¿Cuántos gramos?

¿Cuántos minutos?

¿A qué temperatura?

¿Cuánto aceite?

Y es completamente lógico.

Una receta necesita instrucciones.

El problema es que, después de muchos años cocinando, he aprendido que hay una parte de la cocina que nunca aparece escrita.

Porque no cabe en una receta.

Se llama criterio.

Puedes escribir que una cebolla debe cocinarse durante diez minutos.

Pero quizá esa cebolla necesite doce.

O quince.

Puedes indicar que una carne debe cocinarse tres minutos por cada lado.

Pero ninguna pieza es exactamente igual a otra.

Puedes apuntar la cantidad exacta de agua que necesita un arroz.

Y descubrir, mientras lo cocinas, que hoy necesita un poco más.

Entonces haces algo que ninguna receta te había dicho.

Bajas el fuego.

Esperas.

Pruebas.

Corriges.

Y vuelves a probar.

Eso también es cocinar.

De hecho, probablemente sea la parte más importante.

En La Grosella trabajamos con recetas, cantidades, temperaturas, tiempos y procedimientos.

Tiene que ser así.

Cuando cocinas cientos de platos cada día necesitas organización, método y controles.

Pero hay algo que ningún procedimiento puede sustituir.

La persona que está delante de la cazuela.

La que ve que una salsa necesita reducir un poco más.

La que prueba un guiso y decide que todavía no está terminado.

La que sabe que una verdura necesita dos minutos menos de cocción porque hoy ha llegado especialmente tierna.

Puede parecer una diferencia pequeña.

Pero la cocina está llena de pequeñas decisiones.

Y muchas veces son precisamente esas decisiones las que separan un plato correcto de un plato realmente bueno.

Hay una frase que repetimos mucho en cocina:

La comida hay que probarla.

Parece evidente.

Pero cuando trabajas con grandes cantidades, con horarios, pedidos y cientos de elaboraciones, es fácil caer en la tentación de pensar que, si se ha seguido la receta, el plato está terminado.

Nosotros no pensamos así.

Una receta es el punto de partida.

Nunca el final.

Porque cocinar también significa observar.

Escuchar.

Oler.

Probar.

Y tener la paciencia suficiente para cambiar algo cuando sabes que todavía puede estar mejor.

Eso no significa improvisar.

Significa conocer tu oficio.

Los años enseñan muchas cosas.

Pero quizá una de las más importantes sea esta:

un buen cocinero no es quien nunca se equivoca.

Es quien sabe darse cuenta a tiempo.

Por eso hay una receta que nunca encontrarás escrita en ningún libro.

No tiene ingredientes.

No tiene cantidades.

Ni siquiera tiene tiempo de cocción.

Se aprende cocinando.

Mirando.

Probando.

Equivocándose.

Y volviendo a empezar.

Se llama criterio.

Y, probablemente, sea uno de los ingredientes más importantes de cualquier cocina.


Nos vemos el mes que viene entre fogones.

— El Chef de La Grosella 👨🏻‍🍳

El mejor ingrediente de una receta no se compra

El mejor ingrediente de una receta no se compra

By El chef de La Grosella

El mejor ingrediente de una receta no se compra

Hay una pregunta que me hacen muchas veces:

«¿Cuál es el ingrediente más importante de un plato?»

Y la mayoría espera una respuesta como aceite de oliva virgen extra, tomates de temporada o un buen caldo casero.

Pero, después de muchos años entre fogones, tengo claro que el ingrediente más importante no se compra.

Se llama cariño.

Sí, ya sé que suena a frase hecha.

Pero déjame explicarme.

Hay recetas que cualquiera puede copiar.

Hoy en día basta con abrir Internet para encontrar miles de ellas.

Los mismos ingredientes.

Las mismas cantidades.

Los mismos tiempos.

Y, sin embargo, el resultado nunca sabe igual.

¿Por qué?

Porque cocinar no consiste solo en seguir una receta.

Consiste en prestar atención.

En saber cuándo una cebolla ya está en su punto aunque el reloj diga otra cosa.

En esperar unos minutos más antes de cortar una carne.

En probar una salsa una última vez antes de darla por terminada.

En entender que cada tomate, cada patata o cada calabacín son diferentes.

La cocina tiene mucho menos de matemáticas de lo que parece.

Y mucho más de observación.

En La Grosella elaboramos decenas de platos cada día.

Muchos más de los que la mayoría imagina.

Y, aun así, seguimos haciendo algo que nunca queremos perder: probar la comida.

Porque una receta puede estar perfectamente hecha… y aun así necesitar una pizca más de sal.

O unas gotas más de limón.

O simplemente cinco minutos más de cocción.

Ese pequeño gesto es el que marca la diferencia.

Quizá el cliente nunca llegue a saberlo.

Pero nosotros sí.

Y creemos que ahí está el verdadero respeto por quien se va a sentar a comer.

Al final, cocinar es un acto de generosidad.

Es dedicar tiempo para que otra persona disfrute unos minutos.

Y eso, por muy moderna que sea una cocina o por muy avanzada que sea la tecnología, sigue sin poder fabricarse.

Por eso, cuando alguien nos pregunta cuál es nuestro ingrediente secreto, siempre pensamos lo mismo.

No está en una botella.

Ni en una especia.

Ni en una receta.

Está en las personas que cada mañana se ponen el delantal con la ilusión de cocinar como les gustaría que cocinaran para ellas.

Y ese ingrediente, afortunadamente, sigue siendo imposible de comprar.


Nos vemos el mes que viene entre fogones.

— El Chef de La Grosella 👨🏻‍🍳